CÉSAR GONZÁLEZ-CALERO/CORRESPONSAL El Universal
El ferrocarril de la paciencia. Un viaje incierto de más de 20 horas entre La Habana y Santiago, en un tren que recorre la isla a ritmo caribeño.
SANTIAGO DE CUBA.- "Cuando llegue la luna llena / iré a Santiago de Cuba / iré a Santiago / en un coche de agua negra". El tren que cubre el trayecto entre La Habana y Santiago de Cuba no es un coche de agua negra, como aquel en el que el poeta español Federico García Lorca deseaba viajar, al menos metafóricamente, en la primavera de 1930. Pero negra es la suerte de aquellos que se suben al Tren Regular, que en días alternos recorre cerca de mil kilómetros entre el occidente habanero y Santiago de Cuba, en el extremo oriental de la isla. En el vestíbulo de la Estación Central de La Habana, los pasajeros se cruzan miradas de desesperación cuando la megafonía anuncia que el tren con destino a Santiago saldrá con demora: "La máquina está en taller", avisa una voz metálica, hasta que un corte en el fluido eléctrico interrumpe su letanía.
Finalmente, una hora después del horario previsto, pasadas las tres de la tarde, entre tirones y frenazos, parte de La Habana el Tren Regular con destino a Santiago de Cuba, una serpiente perezosa con cabeza de cangrejo. "¿Dónde están las famosas locomotoras chinas?", se pregunta un pasajero mientras van quedando atrás los arrabales de la ciudad. Se refiere a las 12 locomotoras de 2 mil 500 caballos y equipos computarizados que el gobierno cubano compró a China en enero pasado, y que fueron presentadas como "modernas, económicas y eficientes".
Tras varias pausas en mitad de la nada, y de alguna que otra brillante demostración de que el tren también puede marchar hacia atrás, la primera parada programada, todavía con luz solar, llega en Matanzas. Desde la ventanilla del tren, el viajero puede apreciar una imagen recurrente del campo cubano. Como un desvencijado Partenón, se alza por aquí y por allá un esqueleto gigantesco y herrumbroso de lo que en su día fue un galpón, un almacén, una nave industrial. Ruinas perennes y oxidadas de un tiempo detenido.
A Felipe Santos también se le ha detenido el tiempo desde que se jubiló. Ve pasar la tarde desde el descansillo que une los vagones, apoyado en el portón de la escalinata, fumando un cigarrillo tras otro. "Voy a Baracoa a ver a un hermano que llegó del extranjero. Con mi pensión de 230 pesos (10 dólares) sólo me puedo permitir ir en este tren (30 pesos, ida)", explica.
Rebelarse contra su leyenda
Al caer la tarde, el tren gana Santa Clara, la ciudad donde reposan los restos de El Che. El ferrocarril atraviesa los cañaverales de la provincia de Villa Clara a buena velocidad, como queriendo rebelarse contra su propia leyenda de "tren lechera". Pero las leyendas son porfiadas y el Tren Regular "pincha" en Camagüey, ya entrada la noche. "Se rompió una manguera de los frenos", dice una voz en la oscuridad. En el vagón, carcomido por los años y la dejadez, comienza el choteo cubano. Hay risas, comentarios jocosos, alusiones mordaces a las locomotoras chinas. "El chorizo, de la chopi (tienda en divisas)", canta un vendedor que ha subido a aliviar el hambre de los pasajeros y su propio bolsillo. Pero la venta le dura un suspiro, hasta que la pareja de policías que custodia el tren le obliga a irse.
Cuando el Tren Regular vuelve a arrancar han transcurrido dos, tal vez tres horas. Los pasajeros se han rendido a la leyenda del tren de la paciencia. Al despuntar el alba, ya en el oriente cubano, Armando se apea en San Germán, su pueblo natal. Ex veterano de Angola, no oculta su felicidad por volver a casa: "Fui a ver a unos familiares a Matanzas y regreso con la olla a presión (que el gobierno cubano está vendiendo masivamente desde hace meses), que acá todavía no llegó".
Pasado el mediodía (21 horas después de su partida), el Tren Regular alcanza su destino: Santiago de Cuba, cuna del son y de la Revolución cubana. La ciudad a la que Lorca llegó, en tren, en 1930.
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